"DALÉ, DALÉ, DALÉ, BOCA, DALÉ........."

En el sector K de la platea alta, justo encima de las barras bravas de Boca, con las piernas y el cuerpo colgando en el vacío, sujetado por una barra en mi cintura, a punto estuve de perderme el gol más rápido del clásico en toda la historia. Casi más atento a la masa que se movía bajo mis pies que a lo que sucedía sobre la cancha, apareció la magia de Juan Román para colocar el balón, con la precisión de un tanguero, en la mejor disposición a su compañero Ledesma para que fuera recordado por la historia, como lo es Bernabé Ferreira, autor del gol local en el primer empate a uno que se dio en el clásico profesional el 19 de Junio de 1932. Sólo el silencio que acompaña al último pase en espera del golpeo definitivo, ese momento sin aire que acaba en alegría o frustración de la hinchada, fue lo que me hizo cambiar la mirada al punto de penalti donde el 6 boquense calló a los tres mil millonarios vestidos de rojo y blanco de la platea de enfrente que llevaban ya, para entonces, tres horas cantando. Pero el resto del estadio explotó, 50.000 camisetas azules y amarillas se estiraron al grito del gol, el movimiento adelante de toda la barra, hasta la valla de 5 metros que les separa del césped, hizo temblar los cimientos de la vieja Bombonera. "Dalé, dalé, dalé, Boca, dalé"...... No se pueden imaginar la pasión, las caras desencajadas de júbilo, los abrazos y sobre todo el sentimiento de una hinchada que da la vida por su equipo.


Cientos de pancartas tapan todo el cemento vacío, las primeras filas no son ocupadas porque la visión queda tapada. A los integrantes de La Doce de Boca y Los Borrachos del Tablón de River se les ubica lo más lejos posible. Varios jugadores de Boca, entre ellos Palermo, visitaron días antes en el presidio a tres dirigentes de la barra más radical de la hinchada. Gesto que demuestra el poder extremo que gozan estos grupos, que llegan incluso a organizar visitas guiadas a turistas, con entrada incluida, al barrio de La Boca y a su zona en el estadio, garantizándoseles máxima protección, por supuesto. Todo ello al parecer por el precio de 150 euros. Barato si se trata de seguridad y donde es casi imposible conseguir entradas si no es con buenos contactos. Excepto en las plateas más selectas, el resto tuvimos que permanecer encerrados en las nuestras más de 40 minutos, mientras 900 policías devolvían al norte de la ciudad a los "gallinas". Se escuchaba: " olé, olé, olé, olé, olá, los bosteros no nos ganan nunca más".mismos fallos.
Han pasado solo unas horas y aún estoy encogido. Del partido poco puedo decir, vi lo justo. Pero aprecié la intensidad y la sangre que se ponía en cada jugada, en cada disputa, partido duro muy bien dirigido por el árbitro, excelente por el control absoluto de las situaciones, permitiendo el choque fuerte sin condenar el espectáculo a las pausas.


Boca dominó claramente el primer tiempo. Llegó al clásico en la vanguardia junto a San Lorenzo que había ganado a Gimnasia por un gol el día anterior, y que también presencié junto a la afición más laureada de Argentina. " Con el empate River bajó a Boca de la punta", dice Clarín, también: "Juan Pablo Carrizo construyó una actuación monumental, el arquero neutralizó en forma brillante jugadas netas para convertir y sobre el final hizo valer sus reflejos para salvar el empate". Qué placer leer las crónicas, escuchar los comentarios de las gradas, las discusiones razonadas de muchos aficionados hablando con más criterio que muchos de los entrenadores que he tenido. River apareció solo en la prolongación pero menos que Boca en el comienzo. Lo que se pierde en el arco ajeno después se padece en el propio. Esta máxima del fútbol pudo haber acabado con las ilusiones de un nuevo Clausura, ahora a favor de San Lorenzo con dos puntos de ventaja a falta de 8 jornadas. Mientras River queda fuera de la pelea. Quizá a los millonarios no les hubiera venido mal la velocidad de Carl Lewis, dos veces campeón Olímpico, presente en el clásico y al que solicité una foto en la entrada de la mítica Bombonera. No así, tristemente, con Maradona, que no pudo presenciar la disputa desde su palco y si desde la cama del hospital. No importa, da la sensación para muchos argentinos que ya esta muerto, es el más grande. El sentido de la vida no es otro que ser de Boca. Así decía el parrillero que nos vendió el choripan y el asado que fuimos comiendo hasta la entrada de la cancha de Boca, como dice Sabina: por laguna.
Experiencia largo tiempo deseada que Juan Carlos Verón, soporte y ayuda inestimable de mi juego en el Racing de no hace tanto, también en esta ocasión vino en mi favor para rematar una esperanza escondida en mi corazón futbolístico. Gracias.

Quique Setién

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