1-2-2008
EL AGUILUCHO DE MONTE
El final
del partido de la vida llegó para él. Los últimos
compases fueron como quien disfruta de una cómoda victoria,
a la que esperas que el árbitro ponga fin sin más. Pero
el resto no fue así, desde el minuto uno, el encuentro estuvo
lleno de emociones.
Los caprichos de mi vaga memoria me llevan aupado sobre los hombros
de mi padre regresando a casa, agotados y enrabietados. Me rebelaba
contra la oscuridad que apagaba aquéllos domingos tan completos
junto a mis primos por los "praos" de Monte, siempre detrás
de aquella cosa redonda con la que aun no podíamos. Allí
estaba con nosotros mi tío Luis, el aguilucho de Monte, el
más travieso de todos, al que mi tía Paquita más
reñía.
De allí a la playa con todos los bártulos cargando con
los niños del Casablanca, aquel equipo fundado entre las ruedas
de los camiones y el duro trabajo de la semana. Allí quedaron
los dedos, arrebatados por aquella máquina de ruido y gestos
infernales, quizá por estar pensando en cómo conseguir
las camisetas para el partido del Domingo. Las visitas al vestuario
del Sardinero después de jugar, a ver al gruñón
de Terio colocar los equipajes blancos y verdes y las botas de los
jugadores. A ver aquel prao liso e interminable que no nos dejaba
pisar y que tenía como una alfombra.
Y, por las tardes, al partido, a ver al Racing, a ver volar a Santillana
y al feo de Zuviría. Llamaban la atención aquellos bigotes,
el de Santamaría y el de Aitor Aguirre, aquel hombre tan enorme
que metía tantos goles. Goles que nos dejaban abandonados en
la grada, junto a una de las columnas de general que a veces nos impedía
verlos, mientras él se subía a celebrarlos a lo alto
de la valla. Luego, metíamos la cabeza entre las rejas que
daban al túnel para ver pasar a los jugadores camino de la
ducha, y a casa, a esperar al domingo siguiente.
Qué alegrías, qué lágrimas
no importaba,
volvíamos chutando a las piedras y saltando. Y siempre el primero
con sus hijos detrás, y yo con ellos. Todos en el coche de
Puras, a Burgos, a seguir al equipo con la bufanda. Eran viajes a
la luna. Así mientras celebraba ya algunos de mis goles en
el Perines de José y Cape, rectos como él. Sin prisa,
con paciencia, dejándome crecer hasta que llegó el momento
soñado con los 40 pares de botas que el Racing dio al Perines
por ese chaval flacucho que prometía.
Y se sentó en la grada a disfrutar de su sueño. Y también
a sufrir. Y yo, sin saberlo, le fui devolviendo todo lo que me había
dado sin él saberlo tampoco. El gol a Iríbar, el del
ascenso al Levante, la pierna rota, las acusaciones de José
Mª García, el regreso ante el Valladolid, Madrid, México,
la vuelta a casa, el nuevo ascenso en el Sardinero actual y la amarga
despedida que nunca perdonó. Fue una traición a sus
sentimientos, a los años de entrega con las Secciones Inferiores
del Racing, al trabajo desinteresado durante años junto a Santi
lejos de los flashes y el reconocimiento. Ellos colocaron la primera
piedra de La Albericia.
Pero siempre me enseñó que el Racing estaba por encima
de los oportunistas. Me guió, me entendió, me apoyó
y me respetó sin un solo reproche a pesar de merecerlos. Y
me dio la autonomía que siempre defendí como el aguilucho
que salta del nido por primera vez desde lo alto del acantilado. Pero
la semilla quedó plantada, y la vio crecer apartado, desde
la discreción que nunca quiso abandonar.
El balón llora como lo hace su Racing y su Barca de Juan Carlos
y Cruyff. Y sus amigos. Aquellos de Marqués de la Hermida que
le conocieron y que le despidieron el domingo pasado, día de
fútbol, como no podía ser de otra manera. Hacía
tiempo que ya no podía con los partidos y su ánimo no
le permitía celebrar los goles, pero su dulce mirada y la suave
sonrisa de travieso nunca le abandonó.
Por eso cuando nos acercábamos todos con sus cenizas al lugar
donde iba a pescar con sus hijos en La Maruca, con un vendaval de
mil demonios y el mar embravecido como nunca, por un momento volvimos
a ser niños, a recordarle tal y como era, rodeado de la prole
que siempre le arropó hasta esa nueva aventura en la que nos
embarcó. La última. La que le llevaría junto
a su Paquita del alma. Y en la despedida allí nos vio a todos
unidos, jóvenes y mayores, como él siempre quiso. Ese
es su legado.
Quique Setién