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La llegada de la nieve a Lugo me trae recuerdos imborrables. Tienen que ver con el Racing y con Paquito, el entrenador del que más aprendí. Era el 28 de Febrero de 1993 y jugábamos contra el Lugo en el Ángel Carro. A Mary, el chófer del autobús de Pomposo con el que conocimos las carreteras de toda España, le llevó todo el día llegar hasta la capital gallega. El panorama era precioso, pero desolador para jugar un partido de fútbol. Una considerable capa de nieve cubría la ciudad. Aquel fin de semana quedaron 40 pueblos lucenses incomunicados. Cuando llegamos al campo parecía imposible que se pudiera jugar. Pero se jugó. Y nos metieron tres. Las condiciones nos han igualado, no fuimos inteligentes. Esa fue la conclusión de Paquito. El Lugo llevaba 566 minutos sin marcar un gol, era el último clasificado y no había ganado desde hacía más de dos meses, los mismos que El Racing no perdía. Esa racha nos había llevado a la primera posición. Al final el Lugo descendió de categoría y nunca más volvió a pisar Segunda División. Y el Racing consiguió el ascenso tras jugar la promoción con el Español. Esta semana, el periodista que cubrió aquella información, ante las expectativas de volver repetir un partido con nieve casi 18 años después, me acercó el periódico del día siguiente, el de los Difuntos, con la crónica que él mismo firmaba. En la rueda de prensa Paquito reconocía la superioridad del Lugo. En ningún caso puso disculpas a la derrota. Ni siquiera cuando Ceballos erró en el despeje y dejó el balón negro, pintado minutos antes del comienzo, a los pies de Grampón que solo, en dirección a la portería, iba celebrando el gol con los brazos en alto y sonriendo a la grada antes de introducirle en ella. Paquito fue un hombre que siempre me inspiró. Aún hoy algunos de los ejercicios que entonces hacíamos los repito habitualmente. Recuerdo las innumerables veces que me señalaba la sien desde el banquillo para que recuperara el rumbo. Con 32 años fue el primero que me dijo que debía pensar más que correr, y ya saben que eso nunca lo he hecho mucho. Con los honrados era honrado, con los retorcidos e indolentes inflexible. Era recto y diáfano. Y un gran profesional. Vivía por y para el fútbol las 24 horas del día. Pero tenía un defecto importante para progresar en esta profesión: no trataba bien con los periodistas agitadores y estridentes. Por eso se tuvo que ir. Sufrió una persecución intolerable. Jamás quiso dejar de ser él mismo. Hoy todos los jugadores que convivimos con él le recordamos con respeto y cariño. Eso es a lo que uno aspira. A que se le recuerde como un tipo honrado. No es fácil cuando hay que pelear cada día con tanto desaprensivo bien ubicado. Siempre hay un infiel que hace estragos al código deontológico detrás de un micrófono o un teclado. Cada vez más la tendencia al sensacionalismo se esta notando en las reacciones de la grada. La prensa deportiva brama, ha perdido la cultura sana de otras épocas. Afortunadamente aún quedan unos pocos que solo hablan de fútbol. El miércoles daba cuenta de una entrevista con el entrenador del Auxerre, un tal Jean Fernández. Seguro que no les suena de nada. A mi tampoco, aunque a partir de ahora le coloco en el mismo pedestal que a Paquito. Leía sus jugosos comentarios a la vez que veía cómo el Real Madrid hacía añicos a su débil equipo en la Champions. El titular ya era bastante significativo: “En Francia nos hemos olvidado de la técnica y de la inteligencia” Hace años los detectores de talento buscaron jugadores grandes y fuertes y descuidaron la técnica. Le llamó la atención que Mourinho dejase a Özil en el banquillo en el partido de ida para fortalecer con Lass el centro del campo. Estos jugadores con un solo pase ganan un partido, transforman a los equipos. Ahora muchos jugadores tienen velocidad, pero no cuentan con la técnica ni la cabeza para entender el juego. Así pensaba Paquito. Aquella temporada 92-93 fue muy especial para mí. Jamás antes se me había encendido la luz para llegar a comprender algo que ya sentía de siempre. El razonamiento práctico y efectivo al que se llega solo con los años y el asesoramiento adecuado. Hasta ese momento me había limitado a correr y a jugar. Paquito me enseñó a aprovechar cada uno de los minutos que me quedaban de fútbol. Fue entonces cuando creo que me convertí en entrenador.
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