LA PRESION EN EL DEPORTE
por Quique Setién


Siempre me he preguntado si Tiger Woods o cualquier otro deportista de alto nivel que practican su especialidad en el más absoluto silencio, serían capaces de meter la bola en el hoyo si tuvieran a cien mil personas empujándola en sentido contrario mientras le gritan improperios como energúmenos. En el tenis ni siquiera te dejan levantarte del asiento mientras el punto esta en juego. En algunos de estos deportes, en esos momentos de máxima tensión, en los que el viento parece dejar de soplar, el silencio es solemne y nada perturba la concentración del ejecutor. Él sólo contra la oposición de las reglas, los méritos de los adversarios y su propia ansiedad. Por el contrario, si nos trasladamos a una cancha de baloncesto o a un campo de fútbol observamos un comportamiento totalmente diferente, allí, da la impresión en muchos casos que chillar, insultar y lanzar incluso objetos a la cancha parece estar incluido en el precio de la entrada. Para los que hemos estado acostumbrados al barullo mientras jugábamos la ausencia de él nos distraía. En el 85 jugué un partido de la Recopa de Europa en Glasgow a puerta cerrada contra el Celtic. En un estadio habituado a tronar sólo se dieron cita unos periodistas. Fue una experiencia insólita y a la vez desconcertante y aún más para los escoceses que perdieron.

Pero al margen del proceder del respetable, que en muchos casos es absolutamente reprobable y de la presión que ejercen, está la fortaleza mental del deportista para soportar las inclemencias de manera que su rendimiento no se vea afectado. Para llegar a lo más alto y mantenerse en esa posición se necesita indiscutiblemente un talento especial que vaya acompañado de un soporte físico importante, pero lo que realmente le da la consistencia a esas condiciones es tener un interior sólido que permita superar las sacudidas a las que te somete la alta competición. Las debilidades en ese sentido alejan de los logros que se podrían conseguir si sólo necesitáramos de los músculos. Cuando llegué a Logroño me llamó la atención, durante los primeros días, un jugador extraordinario que daba gusto verle entrenar pero que me llamaba la atención el no ser asiduo en las alineaciones. Pronto me di cuenta de que sus grandes condiciones se reducían a la mínima esencia cuando se enfrentaba al examen convirtiéndose en un jugador vulgar. El conflicto interior entre el deseo de agradar, de ser útil al equipo, el miedo al fracaso o el creer que no estarás a la altura de lo que esperan de ti condiciona en muchos casos la trayectoria de cualquier deportista. Los hay que son impermeables al desaliento, auténticos bunkers impenetrables que no se alteran un ápice ya les vengan mal o bien dadas.
-la Presión en el deporte-

No obstante, hay situaciones que ni un robot podría con ellas. Recuerden a Djukic, entonces jugador del Depor, sólo en el borde del área mirando fijamente el punto de penalti segundos antes de golpear el balón que le daría a una región el titulo de Liga, inalcanzable hasta ese momento. El juego dejó de ser un deporte de equipo para requerir una respuesta individual con tiempo suficiente para reflexionar sobre las consecuencias, al contrario de las que se producen durante el juego donde éstas son casi siempre mecánicas e instantáneas. Hubiera sido muy educativo procesar las emociones que pasaron por su cabeza en aquellos instantes. La carrera fue vacilante. La pierna de golpeo se encogió y el balón destinado ala gloria fue mansamente a las manos del portero. El 20 de Junio de 1976, Checoslovaquia ganó la final de la Eurocopa en la tanda de penaltis a Alemania cuyo portero era Sepp Maier. A Panenka, jugador checo, le tocó el quinto y decisivo. Se dirigió lentamente hacia el balón y con un toque suave le introdujo de vaselina en la portería por encima del portero que ya en el aire no pudo rectificar su vuelo. De no haberse movido hasta un niño de cinco años hubiera parado aquel lanzamiento que valió una Copa de Europa de Naciones. Ahí comprobamos dos formas diferentes de afrontar los momentos de máxima presión. Existe también la que ejerce el público con sus gritos como le sucedió a Figo en su primer partido con la camiseta del Madrid en el Nou Camp ante una afición que se sentía traicionada. Hasta ese momento, el portugués había demostrado que su equilibrio mental estaba por encima incluso de su arte futbolístico. Pero la experiencia estuvo en el límite de lo tolerable. La apariencia tranquila que demostró su rostro no correspondió con la respuesta que habitualmente daba sobre el terreno de juego. La onda expansiva alcanzó a la mayoría de sus compañeros, incluso a los que estaban curtidos en mil batallas.
Sólo en una ocasión fui "aclamado" al unísono por una afición ajena al realizar una fuerte entrada a un jugador contrario al que de milagro no lesioné. Fue casi de cárcel. Hasta el final del partido y cada vez que cogía el balón los quince mil espectadores se acordaban de mi familia. Aún me tiemblan las piernas. Imagínense lo que fue trabajar así.

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