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LA PRESION EN EL DEPORTE por Quique Setién
Pero
al margen del proceder del respetable, que en muchos casos es absolutamente
reprobable y de la presión que ejercen, está la fortaleza
mental del deportista para soportar las inclemencias de manera que
su rendimiento no se vea afectado. Para llegar a lo más alto
y mantenerse en esa posición se necesita indiscutiblemente
un talento especial que vaya acompañado de un soporte físico
importante, pero lo que realmente le da la consistencia a esas condiciones
es tener un interior sólido que permita superar las sacudidas
a las que te somete la alta competición. Las debilidades en
ese sentido alejan de los logros que se podrían conseguir si
sólo necesitáramos de los músculos. Cuando llegué
a Logroño me llamó la atención, durante los primeros
días, un jugador extraordinario que daba gusto verle entrenar
pero que me llamaba la atención el no ser asiduo en las alineaciones.
Pronto me di cuenta de que sus grandes condiciones se reducían
a la mínima esencia cuando se enfrentaba al examen convirtiéndose
en un jugador vulgar. El conflicto interior entre el deseo de agradar,
de ser útil al equipo, el miedo al fracaso o el creer que no
estarás a la altura de lo que esperan de ti condiciona en muchos
casos la trayectoria de cualquier deportista. Los hay que son impermeables
al desaliento, auténticos bunkers impenetrables que no se alteran
un ápice ya les vengan mal o bien dadas. No obstante,
hay situaciones que ni un robot podría con ellas. Recuerden
a Djukic, entonces jugador del Depor, sólo en el borde del
área mirando fijamente el punto de penalti segundos antes de
golpear el balón que le daría a una región el
titulo de Liga, inalcanzable hasta ese momento. El juego dejó
de ser un deporte de equipo para requerir una respuesta individual
con tiempo suficiente para reflexionar sobre las consecuencias, al
contrario de las que se producen durante el juego donde éstas
son casi siempre mecánicas e instantáneas. Hubiera sido
muy educativo procesar las emociones que pasaron por su cabeza en
aquellos instantes. La carrera fue vacilante. La pierna de golpeo
se encogió y el balón destinado ala gloria fue mansamente
a las manos del portero. El 20 de Junio de 1976, Checoslovaquia ganó
la final de la Eurocopa en la tanda de penaltis a Alemania cuyo portero
era Sepp Maier. A Panenka, jugador checo, le tocó el quinto
y decisivo. Se dirigió lentamente hacia el balón y con
un toque suave le introdujo de vaselina en la portería por
encima del portero que ya en el aire no pudo rectificar su vuelo.
De no haberse movido hasta un niño de cinco años hubiera
parado aquel lanzamiento que valió una Copa de Europa de Naciones.
Ahí comprobamos dos formas diferentes de afrontar los momentos
de máxima presión. Existe también la que ejerce
el público con sus gritos como le sucedió a Figo en
su primer partido con la camiseta del Madrid en el Nou Camp ante una
afición que se sentía traicionada. Hasta ese momento,
el portugués había demostrado que su equilibrio mental
estaba por encima incluso de su arte futbolístico. Pero la
experiencia estuvo en el límite de lo tolerable. La apariencia
tranquila que demostró su rostro no correspondió con
la respuesta que habitualmente daba sobre el terreno de juego. La
onda expansiva alcanzó a la mayoría de sus compañeros,
incluso a los que estaban curtidos en mil batallas.
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