CUANDO SE QUIERE SE PUEDE
No hay más que ver la ceremonia de inauguración de los
Juegos Olímpicos de Pekín para darse cuenta de que cuando
se quiere se puede. El espectáculo fue digno de un país
vanguardista que nada tiene que ver con la China que conocemos. En
el país más poblado de la tierra, donde aún hay
mucha gente que pasa hambre, las autoridades han querido sorprender
al mundo con una demostración de opulencia que va a cambiar
nuestra opinión sobre ellos. Me recuerdan a esas personas que
van en Mercedes pero que no pueden pagar la luz y que aparentan ser
muy dignos aunque guarden muchos cadáveres en el maletero.
Si el Primer Ming levantara la cabeza y viera ese monumental estadio,
seguro que no le hubiera sorprendido después de haber juntado
millones de piedras a lo largo de 6.400 kilómetros para construir
La Gran Muralla. Al menos, suponemos que debajo de los cimientos del
Nido no hayan enterrado a ningún chino.
A pesar de la enorme hipocresía que mueve el mundo, el COI
ha aceptado que esta descomunal nación organice los 29º
Juegos de la historia moderna mientras esconden en el trastero asuntos
turbios como la venta de armas a Sudán, el Tíbet, los
derechos humanos, las cárceles, la pena de muerte o la ausencia
de elecciones libres. Sin embargo, los dirigentes más poderosos
del planeta, interesados en no enfadar demasiado a éste gigante
que esta despertando, estaban en el palco.
A lo largo de la historia de los Juegos, muchos deportistas han encontrado
maneras de proclamar con manifiestos, gestos o camisetas con lemas
muchas ignominias. Pekín no va a ser diferente a pesar de las
recomendaciones de los dirigentes del COI que, desde siempre, intentan
mantener los juegos lejos de las denuncias políticas. Y tienen
razón. Ha habido muchos intentos de boicot en estos 108 años
de tradición, pero ni el deporte ni los Juegos van a solucionar
los problemas del mundo. Son dos semanas en las que no se debería
disparar ni un tiro. Dos semanas en las que todos los ciudadanos del
mundo deberían poder sentarse frente a un televisor, con el
estómago lleno, para ver a sus deportistas competir con honor
por la gloria.
Cambiar los tiros y los muertos por esas imágenes en cámara
lenta de los deportistas en los momentos decisivos. Los gestos de
tensión y las explosiones de alegría cuando son conscientes
de haberse superado a sí mismos y a los demás. Ser el
mejor en algo entre más de seis mil millones de participantes
compensa todos los sacrificios y nos sitúan en un mundo diferente.
Esas horas de soledad de los deportistas, venciendo al cansancio y
al sufrimiento, los años de preparación para estar entre
los mejores deberían servir de ejemplo para que muchos gobernantes
se esforzaran de verdad, como lo ha hecho China en esta ocasión,
para que sus pueblos pudieran practicar más deporte.
En espera de que el mundo sea mejor a través de la competición
deportiva, no puedo remediar cuando llega la cita Olímpica,
cerrar los ojos y ver a alguno de los campeones españoles que
lograron coronarse en alguna de ellas, especialmente a José
Manuel Abascal, al que ayer mismo, le comentaba si aún se emociona
recordando su momento en aquella madrugada de Los Ángeles.
La primera medalla del atletismo español. La misma que ha conseguido
en la madrugada del sábado Samuel Sánchez. Esta debutante
primera medalla de oro en ciclismo, en Pekín 2008, pasará
a la historia en una extraordinaria carrera que refrenda el gran momento
que vive el pedaleo español.
Pero como dice el refrán: zapatero a tus zapatos y yo a disfrutar
también, cómo no, del fútbol. Como ya empezó,
mi interés principal se centraba en ver a los dos jugadores
más mediáticos del mundo: Messi y Ronaldhino. El argentino,
al que el Barcelona ha hecho bien en dejarle jugar, va a ser la figura
indiscutible del fútbol en China. En el polo opuesto se quedará
el brasileño, al contrario que China, él ahora quiere
pero no puede. No se si le llamará la atención que todos
los deportistas que participan en los juegos llevan mucho tiempo preparándolos.
Él no jugaba un partido desde el 9 de Marzo. Demasiado tiempo.
Así está. Qué pena.
Quique Setién